Dentro del Altàntida Film Fest se ha presentado el documental “Ciudad de los muertos” del director madrileño Miguel Eek,

Este trabajo muestra la otra cara de un camposanto, concretamente el del Palma de Mallorca (1821), todo desde varias perspectivas, desde “sus protagonistas” difuntos, la de sus familiares y acompañantes, los trabajadores del cementerio, en lo que su todo se funde con conversaciones de todo tipo, diálogos enfrentados ante la vida y la muerte, la esperanza de un algo posterior o la posibilidad, según unos estudios presentados por Silicon Valley, de ser inmortal en un par de décadas.

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Mientras el documental avanza, el tránsito de la “no vida” parece llevarnos a una normalidad no impuesta en la sociedad, la cual desea ocultar nuestro fin caduco por alguna razón que podríamos “intuir” como por ejemplo, que todo el sistema “establecido” pierde su sentido y el acaparar riqueza trabajando no tiene ningún sustento, ya que ninguno de nosotros nos lo vamos a llevar a la tumba. Por lo que podríamos trabajar lo justo para cubrir nuestras necesidades básicas, y ello haría tambalear los cimientos de la economía global.

Parece algo absurdo, pero si relativizamos las cosas, la muerte nos libera en vida de muchas cargas artificiales y tonterías que todos llevamos implícitas por coexistir en una sociedad egoísta y, en cierta manera, ruin.

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En el documental también observamos el lugar, la belleza arquitectónica de la necrópolis el cual a pesar de tener tanto dolor y rabia contenida, infiere una paz indescriptible. En estas escenas el silencio se apodera del espectador de una manera espectacular.

Eek no se olvida de sus visitantes, los rezos presentes frente a las tumbas, oraciones a los seres que perdimos, sujetos que amamos y amaremos por mucho que el tiempo pase.

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La memoria juega un papel imprescindible en uno de sus escenarios, es el caso de el paseo de un familiar por descubrir la sepultura “olvidada” de su padre en unas catacumbas del cementerio, aparentemente la parte más antigua del mismo.

En este momento Eek parece hacernos pensar que hasta muertos solos somos números, pues es así como cada nicho añejo se identifica.

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Es cierto que aunque el duelo pase y el dolor se apacigua un poco, la sensación de necesidad en que continúen a nuestro lado sabiendo que ya no están, es totalmente antinatural, puesto que el ciclo de la vida así lo demanda.

Estoy de acuerdo en honrar la memoria, en no olvidar, pero no en hacer más allá de aquello que no sea recordarlos.

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Desde mi visión y experiencia personal, para mí una necrópolis es un lugar donde solo hay nombres esculpidos en la piedra. En mi caso, mis familiares difuntos están siempre a mi lado, desde que me levanto y me veo reflejado en el espejo del baño, en el transcurso del día donde una anécdota, un recuerdo o un olor me los trae a mi presente o, incluso, hasta que me acuesto y repaso lo que dio de si el día.

Para mi un cementerio no es más un símbolo, un hecho de dejar testimonio de que esa persona existió, a pesar de que yo ya sé que lo hizo. Por eso la ritualidad o la asiduidad a ir al lugar donde queda algo físico de ell@s, pero no su alma, no es tan relevante, y reitero para mi, como tenernos presente en mi memoria, que al final es el legado que quedó en mi interior.

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A través del recorrido que nos propone “Ciudad de los muertos”, entre los ojos de Eros y Thanatos, vamos descubriendo a los habitantes de la urbe exánime, esos trabajadores y responsables del reposo eterno de todos nosotros en un futuro. Espero lo más lejano posible a no ser que estén en lo cierto en Silicon Valley y, la inmortalidad está a la vuelta de la esquina.

A destacar el tacto con el que se respeta a todos los muertos, la manera en que los operarios tratan a estos y como la muerte acaba formando parte de la vida pretendiendo que el tabú por ser finitos no nos cause ni miedo ni angustia, solo que sea una constante para disfrutar de todo aquello que la vida nos vaya ofreciendo. Comentar que, aparentemente, parece un trabajo guionizado que busca una senda sin rumbo y que acaba por recomponer una alegoría a la existencia efímera del ser.