Esta es la historia de Bram Fisher (1908 – 1975), abogado sudafricano involucrado en el movimiento anti-apartheid y quien tomó las riendas del famoso “Proceso de Rivonia” entre 1963 y 1964, un juicio que sentenció a un grupo de 13 activistas políticos; Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Raymond Mhlaba, Elias Motsoaledi, Ahmed Kathrada, Denis Goldberg, Andrew Mlangeni, Billy Nair, Wilton Mkwayi, Lionel “Rusty” Bernstein, Harold Wolpe James Kantor.

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La cinta parte desde el “status quo” de la familia de Fisher, formada por este, una esposa que le apoya en todas sus decisiones y dos hijos adolescentes. Una familia habituado a las comodidades de una sudáfrica en fase preliminar de necesidad de cambios. Todo es normal en la vida de Bram, salvo que siempre ha demostrado en público, en lo profesional se refiere, que está en contra del racismo. Un hombre con unas convicciones claras hacia la igualdad entre blancos y negros.

Posteriormente entramos de lleno en la detención inicial de 19 activistas del CNA (Congreso Nacional Africano) el 11 de julio de 1963 en Liliesleaf Farm, una granja usada como lugar de reuniones clandestinas y situada en la zona residencial cerca del suburbio de Rivonia (Johannesburgo).

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Ese dia, al ver a la policía llegar, los activistas tratan de destruir pruebas, pero parte de aquella documentación queda confiscada y se usa como pruebas en contra de ellos, como por ejemplo, un documento en el que se detalla paso a paso cómo fabricar bombas.

Los cargos que recayeron contra ellos fueron los de reclutamiento de personas y aleccionamiento en la preparación de una “posible” revolución contraria al gobierno; conspiración de tentativa contra altos cargos; promotores de acciones comunistas; y, movimientos de capitales para promover sus ideales a otros países limítrofes.

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Durante el film vemos constantes muestras de cariño de Fisher hacia los detenidos, algo que parece irrelevante dada la concienciación y convicción personal que tiene hacia la injusticia encausada. Pero con el paso de los minutos descubrimos que, a Fisher, uno de los testigos llamado a juicio, lo reconoce. En ese momento, Fisher debe crear una estrategia paralela al juicio para que no se descubra que él es uno más del grupo, cosa que el abogado defensor del estado no va a ponerle las cosas nada fáciles.

Pasadas las semanas, llega la sentencia para 12 de ellos, ya que Lionel Bernstein quedará absuelto de todo cargo. La pena capital es la solicitada, pero al final, dadas las protestas y presión social, 8 fueron sentenciados a cadena perpetua y los otros 4 a penas de 15 años en cárceles locales.

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Correr esos riesgos en un país que denota un excesivo halo de confrontación diario por el color de la piel y donde la imposición de la supremacía blanca subyuga a la raza originaria, no es fácil, pero Fisher trata de hacer justicia con los medios que tiene a su alcance. Eso le costó un alto precio, el precio de ser juzgado dentro del proceso y fue acusado de comunista. La sentencia: cadena perpetua. Pasados 11 años, fue liberado por razones de salud y dos semanas más tarde murió.

La escena final, llena de humor negro, se dice en voz en off que sus cenizas debían de seguir cumpliendo su pena de por vida, así que regresaban a prisión, pero un par de guardias deciden darle, a modo de homenaje al “rugby” deporte que practicaba el hijo de Fisher. Lanzan la urna que contiene sus cenizas con un golpe a modo de lanzamiento, como forma de liberación de una alma que luchó por los derechos humanos.

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“An Act of Defiance” es un thriller político y social que nos descubre la cara menos conocida de Nelson Mandela y la indiscutible figura de Bram Fisher, un hombre que decidió luchar en contra de la segregación racial y la corrupción de un país custodiado por unos miserables sin escrúpulos.

“Esto es una lucha del pueblo africano, inspirada por el sufrimiento y la experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Mi ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades. Es un ideario por el cual vivo y espero conseguir. Pero, en caso de necesidad, señoría, es un ideario por el cual estoy preparado para morir”

Frases finales en el discurso de Nelson Mandela durante el juicio en junio de 1964

Escrito por Rodolfo Monserrat