Desde el salón principal, dilucidamos una vivienda-estudio entre una cierta penumbra, un “misterioso” silencio y un “aparente ” desorden. A través de la cámara, Miguel Baratta recorre habitación tras habitación, viendo un cúmulo de armazones de madera, lienzos, tintes, objetos de uso diario de un hogar… todo ello sumido en el caos de lo cotidiano. Ahora si, después de ese deambular, se nos descubre el lugar donde nos hallamos; estamos en el lugar donde el artista plástico Eduardo Stupía (Buenos Aires, 1951) realiza sus creaciones.

El contraposición a lo mostrado, pasamos a una fase de iluminación, donde la claridad parece mostrar un espacio completamente distinto. Ahora observamos cuadros los que están sobre otros cuadros, estructuras de futuras obras, los tizones, la garrafa a modo de envase donde Stupía guarda los pinceles, decenas de libros apilados entre estantes y formando torres desde el suelo, fotografías en las paredes y objetos de uso diario (un viejo móvil, 50 céntimos, un papel doblado con anotaciones, un atrotinado estuche de gafas o una silla con marcas de uso) yacen estáticos sobre la mesa y a lo ancho del piso.

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Los bocetos, los trazos al carbón, las ideas y las memorias en diferentes soportes fluyen en esa habitación, donde convive la anarquía estructural y las musas que inspiran al genio.

En un primer arranque, en lo artístico me refiero, Baratta nos va a mostrar como Stupía analiza la forma de establecer una obra a partir de la idea creativa de un collage. Su base física son las imágenes impresas que entre de recortes de prensa y viejos libros. Con ello, Stupía va conformando su universo imaginario y, claro está, creando mayor base a lo que en un futuro será la inmortalidad de su legado.

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Sus herramientas de trabajo son unas tijeras, una escuadra, la silicona liquida, el lienzo de cartulina y, poco a poco va a ir uniendo elementos según su criterio creativo. Baratta muestra al espectador, aquello que practicamente ningun artista revela y, que gracias a Stupía podemos experimentar; el proceso de creación de una obra.

En este punto, entramos en una entrevista, donde la voz de ambos se va a fundir con lo que la cámara va a grabar; detalles de los trazos de varias de sus obras in situ.

Stupía confiesa que esta cinta la hace con el objetivo de invocar el espíritu de su amigo, el escritor Héctor Libertella (Bahía Blanca 1945 – Provincia de Buenos Aires, 2006); “una película de archivo para ser leída más que para ser vista”.

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“De los libros extraigo hojas, y esas hojas sueltas crean otros mundos donde el orden no existe”. Cuenta Stupía que es imposible ordenar el caos, pero asegura que en el mundo real el desorden no existe como tal, ya que es insostenible es más, comenta que es la vida la que te acaba ordenando; “Te pone en caja. Parece que el sentido común acaba rompiendo la arbitrariedad absoluta”.

El artista dice sentirse como en una trinchera, ya que tantos compendios y cuartillas a veces le ayudan a sentirse seguro pero, por el contrario, otras veces le asfixian. Nos plasma la triste idea de la mortalidad, para ello se ilustra de la idea de la herencia, de eso que va a pasar con nuestros bienes acumulados el dia que dejemos de existir. Una circunstancia banal ya que no estaremos, pero que le inquieta pensarlo. Como ejemplo usa a las librerías de segunda mano, ya que estas no existirían si las herencias o las viudas no cedieran sus propiedades en formato papel.

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Stupía dice que lo no que se desguace hoy, se hará mañana. Lo que realmente le preocupa es dónde irá a parar la memoria de las cosas, los archivos personales de cada uno de nosotros, ya que no hay instituciones que lo vayan a preservar. A él no le importa quien se vaya a quedar con sus cuadros, no por el usufructo, pero si la posible pérdida de memoria de su vida personal.

A parte de esas reflexiones, nos habla de su forma de trabajar. Su idea no es seguir un patrón formalista, tratando de convencer a la mayoría, si no que busca quebrar la fascinación del arte, la relación entre el placer del lenguaje artístico con el sentimiento interior establecido del genio, siendo fiel a las obsesiones de uno mismo, sin tener en cuenta lo que opine la sociedad de todo ello. Es decir, ser fiel a sus principios y a sus valores establecidos sin afectarle lo que opinen, o vayan a opinar, terceros. Toma como referencia al pintor expresionista norteamericano Jackson Pollock (Cody, Wyoming 1912 – Springs, Nueva York 1956), quien dijo; “Si yo fuera como Velázquez, no pintaría las porquerías que pinto”.

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Parece que Stupía fluye en una siesta estilística en la que no te despierta nadie, donde el collage es una zona experimental en la que combina recursos ya vistos, pero a su manera, de forma singular y que exhiban un conflicto. A esto lo llama “la paradoja del artista”.

De todas estas reflexiones pasamos, con la cámara, a un primer plano sobre las miradas del artista, de cómo el genio conecta con su obra sin que nadie le interrumpa. Las tomas desde diferentes ángulos completa una observación exhaustiva del proceso de concentración de Stupía.

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Finalmente, el documental toma parte de la creación de otra obra. Ahora pasamos del “scrapbook” a un trabajo sobre papel, carboncillos y aguarrás. Todo acaba con el fruto creativo de otra memoria inmortalizada, en soporte físico, para la posteridad.

A destacar la calidad de imagen, los planos captados en el interior del hogar del pintor, la genialidad dialéctica para conectar, a través de la memoria y los trazos, la mente del artista con su obra, la versatilidad y aparente “sencillez” de contarnos la historia de “lo etéreo” que, de no ser así, perderíamos el alma de la obra ya que como espectadores o interesados por el arte, siempre vemos el final, es decir, cuando la obra yace colgada en la pared de un museo y, con suerte podemos leer alguna pequeña reseña de lo que simboliza y de lo que está hecha, pero la esencia de la construcción de la misma, se acaba perdiendo. Miguel Baratta ha sabido rescatar la reflexión de lo que se extravía en origen, proceso y finalización de una obra y, darle luz en este estupendo documental.