Dentro del ciclo homenaje a Jeanne Moreau, iniciado este mes de julio, la Filmoteca de Catalunya nos trae el drama francés “Le feu follet” (El fuego fatuo) del director Louis Malle de 1963.

Esta es la historia de Alain Leroy, un hombre que, como el Ave Fénix, va a resurgir de sus cenizas, de la peor pesadilla en la que vive bañado; el alcoholismo. Ahora mismo lleva cuatro meses internado en una clínica privada en Versalles, a las afueras de París, lugar donde parece encontrarse a salvo, donde los demonios parecen irse apaciguando para poder volver a ser quién era. La fase final del proceso parece estar llegando a buen término, ese camino que le lleve de nuevo a aferrarse a la vida.

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Pero algo sucede en su mente, algo que le lanza al vacío decidiendo ese mismo instante acabar con su vida al día siguiente. Antes de marcar su final en el calendario, decide ir hasta París, ciudad que le asfixia, a despedirse de sus amigos y conocidos.

Esa noche, a su llegada a París, el recibimiento de varias de sus amistades parece ser correcto. Primero de forma individualizada, los encuentros generan reproches del estatus burgués en el que viven, el afloro de la mediocridad en cuanto a la calidad humana, e incluso les muestra la fantasía por la que andan; ver que nadan en el vacío más absoluto, en paraísos desiertos donde la luz es “artificial” y las esperanzas de salvación escasas.

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Llega la cena, y el contacto con la mundanidad le lleva a recaer de nuevo en la “copa”, con ello un crisis de ansiedad que le lleva a confesar la incapacidad de sentir. Cone ello, decide abandonar el lugar de inmediato y poner rumbo de nuevo a la clínica. A la mañana siguiente, en la soledad de su habitación, pistola en mano, decidirá si quiere acabar con todo, o por el contrario recapacitar sobre el sentido de la vida.

A nivel técnico destacar la calidad de la fotografía, los diálogos entre amigos, el uso del recurso de la remembranza para evocar los pensamientos interiores del protagonista y, añadir la excelente elección con Erik Satie, para evocar la tristeza y la melancolía del personaje, aparente fuerte, pero extremadamente débil de alma.

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La película se basa en la novela “El fuego fatuo; Adiós a Gonzague” (1931) de Pierre Drieu la Rochelle, inspirada en el suicidio del poeta surrealista Jacques Rigaut. Casualmente, Louis Malle fue amigo de Drieu La Rochelle, quien tras la II Guerra Mundial, acabó suicidándose también.

Como dato curioso comentar que el “fuego fatuo” es un fenómeno consistente en la inflamación de ciertas materias orgánicas en su estado de descomposición, y que dan como resultado minúsculos haces de luz.Visibles por ejemplo, en la oscuridad de lugares pantanosos o en los cementerios. Quizás esa luz tétrica de un imaginario camposanto, es la que Malle quiso darle al exiguo Leroy.

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“Je me tue parce que vous ne m’avez pas aimé, parce que je ne vous ai pas aimés. Je me tue parce que nos rapports furent lâches, pour resserrer nos rapports. Je laisserai sur vous une tache indélébile” Alain Leroy